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África oriental · Buganda, Uganda · Memorias del siglo XIX y registro publicado en 1911

Baganda: juego, trabajo y ritmo en el registro de Roscoe

Pastoreo, lanzamientos, lucha y música: lugares, actores y diferencias de acceso a la práctica corporal.

Historia y fundamentos · 6 minutos de lectura

Ilustración conceptual de dos varillas de madera, semillas y una flauta junto a marcas de ritmo y una hoja de plátano.EDUFISICA
Ilustración conceptual de materiales y coordinación. No reproduce piezas históricas ni representa un ritual ganda.

Memorias del pasado recogidas en una investigación colonial

En The Baganda, publicado en 1911, John Roscoe relacionó juegos infantiles, trabajo, música y formas de servicio a los jefes. Su objetivo declarado era reconstruir costumbres anteriores a las transformaciones europeas, pero la investigación se realizó cuando esas transformaciones ya estaban en marcha. El libro debe leerse como un registro de observaciones y recuerdos recogidos por un misionero, no como una ventana sin mediaciones hacia un pasado inmóvil. (Roscoe, 1911, pp. ix–xii)

Roscoe explicó quién había hecho posible buena parte de la investigación: Apolo Kagwa reunió a personas mayores, facilitó encuentros y aportó su propio conocimiento. Los interlocutores hablaban de instituciones anteriores y de experiencias vividas; Roscoe seleccionaba, organizaba y escribía en inglés. La participación de Kagwa permite reconocer una mediación africana concreta en la producción del libro, aunque el resultado mantenga la voz y los juicios de su compilador. (Roscoe, 1911, pp. x–xi)

La formación corporal descrita aquí se sitúa en hogares, espacios de pastoreo y entornos de autoridad. El tiempo para jugar, la persona encargada de cuidar a un niño y las tareas asignadas a una niña intervenían en las posibilidades de aprender. Esas diferencias impiden hablar de una educación comunitaria única para todos.

Parientes, tareas y trayectorias de aprendizaje

Después del destete, el cuidado de los niños se vinculaba a miembros del clan paterno. Roscoe distingue los arreglos de la familia real de los que describe para otras familias. Entre los primeros, Kasuju y Kiwewa aparecen encargados de asuntos de los príncipes, mientras Nasolo atendía los de las princesas. En las otras familias, los niños podían residir con parientes en lugar de permanecer en la casa del padre. (Roscoe, 1911, pp. 73–75)

Los niños eran enviados a cuidar cabras y ovejas y a realizar tareas acordes con sus posibilidades. Hacia los diez años, el relato menciona encargos como transportar una estera o llevar mensajes. Un pariente podía facilitar después la incorporación de un muchacho a la casa de un jefe. La atención, la prontitud y el cumplimiento de encargos tenían valor en esa trayectoria, descrita por Roscoe mediante sus expectativas de ascenso social. (Roscoe, 1911, pp. 75–77)

Otros niños participaban en fabricación de corteza textil, cercas y casas. En vez de separar aprendizaje y trabajo como dos mundos impermeables, este pasaje permite examinar su contacto: la ejecución de tareas colocaba al menor junto a personas, herramientas y obligaciones concretas. El libro no ofrece para cada oficio una secuencia de instrucción; sí identifica actividades y relaciones que organizaban la incorporación a la vida adulta. (Roscoe, 1911, pp. 76–77)

Kubariga: lanzar desde una línea y proteger el propio objeto

Durante el pastoreo, los muchachos se encontraban mientras los animales comían. En ese tiempo jugaban kubariga con dos varillas gruesas por participante, de unas dieciocho pulgadas según el libro. Marcaban una línea para situarse y lanzaban por turnos, buscando que la varilla golpeara el suelo por un extremo y siguiera desplazándose mediante vuelcos. (Roscoe, 1911, pp. 77–78)

La siguiente acción dependía de dónde quedaba el objeto. El participante cuyo lanzamiento había llegado menos lejos recogía su varilla e intentaba golpear la de un adversario. Si fallaba, este podía golpear la varilla que había errado e intentar romperla. Después comenzaba otra ronda. La distancia no era, por tanto, un resultado aislado: influía en la exposición del material a la siguiente acción. (Roscoe, 1911, pp. 78)

El juego requería reconocer trayectorias, esperar el turno y ajustar un lanzamiento a posiciones que los compañeros habían creado. Su descripción es más rica que la etiqueta genérica de juego de puntería, porque conserva el encadenamiento de acciones. Se trata de una práctica histórica documentada, no de una propuesta para reproducir hoy golpes dirigidos a objetos sostenidos por otros.

Lucha, público y diferencias de rango

Roscoe presenta la lucha como una práctica importante entre hombres y muchachos. El registro incluye espectadores que acompañaban con palmas el ritmo del tambor y canciones durante el encuentro. Esa escena sitúa el enfrentamiento dentro de una reunión sonora y pública, donde otros participaban aunque no lucharan. (Roscoe, 1911, pp. 78)

La participación del rey no suponía igualdad entre adversarios. El autor afirma que no estaba permitido derribarlo y atribuye un riesgo grave a quien lo hiciera. El dato conserva su condición de testimonio de Roscoe: resulta útil para examinar la relación entre competencia y autoridad, pero no demuestra cómo se resolvía cada encuentro ni autoriza a trasladar esa prohibición a toda lucha ganda. (Roscoe, 1911, pp. 78)

También registra weso, jugado por dos personas sentadas frente a un tablero con cuatro filas de hoyos, empleando semillas o piedras lisas. No desarrolla todas sus reglas. Por eso, el pasaje permite hablar de materiales, disposición de participantes y habilidades valoradas por el autor, pero sería insuficiente para reconstruir una partida completa o identificarlo con todos los juegos de hoyos de África. (Roscoe, 1911, pp. 79)

El trabajo de las niñas y el tiempo disponible para jugar

Según Roscoe, las niñas aprendían a cocinar y cultivar desde que podían manejar una azada. Atribuye a ese aprendizaje un valor social ligado al cuidado de las plantaciones y la preparación de alimentos. Añade que algunas cuidaban cabras cuando no había un muchacho disponible; la distribución de actividades no era tan rígida como una simple oposición entre niños pastores y niñas agricultoras podría sugerir. (Roscoe, 1911, pp. 79)

El autor sostiene además que ellas jugaban poco y que sus tiempos restantes se ocupaban con esteras, cestos, agua y leña. Esa afirmación puede leerse como parte de una distribución desigual del trabajo y del tiempo, sin aceptar que toda niña careciera de juegos. El contraste dentro del libro es concreto: el pastoreo masculino aparece asociado a reuniones lúdicas, mientras la sección femenina insiste en obligaciones domésticas y agrícolas. (Roscoe, 1911, pp. 80)

La limitación del registro también importa. Roscoe describe con detalle ciertas rondas de los muchachos y concede menos espacio a las experiencias lúdicas de las niñas. El silencio de un capítulo no equivale a la inexistencia de una práctica; conservar esa diferencia ayuda a evitar que la selección del autor se convierta en una definición completa de la infancia.

Ritmo, movimiento y oficio musical

El libro relaciona la marcha con el acompañamiento de tambores y cantos. Un joven podía llevar un tambor, marcar el ritmo y cantar mientras los seguidores respondían con el coro y ajustaban los pasos. Cuando no había instrumento, la canción proporcionaba una referencia temporal para caminar. En las canoas, el autor describe igualmente el comienzo de un canto después de unas pocas paladas y la incorporación del grupo al coro. (Roscoe, 1911, pp. 29, 37)

La música no era solo acompañamiento espontáneo. Los tambores reales tenían responsables nombrados, sustituciones de intérpretes y turnos de residencia en la corte. Cada hombre tenía un trabajo particular; los instrumentos mayores debían entrar en momentos coordinados con los demás. Estos detalles muestran una organización del desempeño, con funciones y regularidad, diferente de la reunión infantil durante el pastoreo. (Roscoe, 1911, pp. 25–27)

El registro menciona además muchachos pastores que tocaban flautas de caña y músicos especializados al servicio del rey o de jefes. Sus experiencias pertenecían a espacios distintos: una habilidad cotidiana entre jóvenes no se confunde con una función mantenida en una institución de poder. La comparación permite reconocer varios entornos de práctica dentro de la misma obra. (Roscoe, 1911, pp. 35–37)

Este caso amplía la lectura de los juegos y el aprendizaje entre pares en el registro de Junod y de las generaciones y el aprendizaje entre los Meru. Cada fuente tiene sus propios interlocutores y tiempos. Sus diferencias hacen visible una historia regional de transmisión corporal que no puede reducirse a la escuela colonial ni a una tradición africana uniforme.

Bibliografía

  1. Roscoe, J. (1911). The Baganda: An Account of Their Native Customs and Beliefs. Macmillan. Prefacio, pp. ix–xii; música y danza, pp. 24–37; infancia, pp. 73–81. Original digitalizado por University of Toronto.