
EDUFISICADel patio de verano a una responsabilidad pública
Durante las últimas décadas del siglo XIX, determinados barrios de Boston y Chicago comenzaron a organizar espacios para el juego infantil. El proceso no fue una expansión uniforme: participaron asociaciones de mujeres, establecimientos educativos, iniciativas de asistencia y administraciones municipales. Los materiales, los horarios y las personas responsables cambiaban de un lugar a otro. Más adelante, las leyes estatales introdujeron otras obligaciones para las escuelas. Seguir estas decisiones permite comprender cómo el movimiento pasó a requerir presupuestos, supervisión y preparación profesional.
Fred Eugene Leonard reunió esa historia en un capítulo publicado en 1923. Su explicación utiliza informes de asociaciones, parques y organismos educativos; los conocemos aquí mediante su libro. Conviene leer sus expresiones de progreso como parte de una interpretación histórica, mientras se conservan las diferencias entre una instalación abierta, una norma aprobada y lo que sus usuarios pudieron experimentar. El recorrido siguiente se concentra en dos ciudades y en los ejemplos legislativos que el autor examinó; no pretende describir todas las escuelas estadounidenses. (Leonard, 1923, cap. XXVII, PDF pp. 388–405)
Boston, 1885–1888: arena, vecindario y patios escolares
En el verano de 1885, la Massachusetts Emergency and Hygiene Association colocó un montón de arena en el patio de la capilla de Parmenter Street. La iniciativa respondió a una propuesta de la médica Marie Zakrzewska, relacionada con una experiencia berlinesa. El informe de la asociación, recogido por Leonard, describe asistencia tres días por semana durante julio y agosto, bajo la dirección de una mujer identificada como señora Gamble. Los niños utilizaban pequeñas palas, construían formas, cantaban y marchaban. El ensayo combinaba materiales sencillos y acompañamiento adulto; todavía no era una clase escolar regular. (Leonard, 1923, cap. XXVII, PDF pp. 388–389)
La organización se extendió mediante acuerdos concretos. En 1887 había diez jardines de arena: se cedían espacios y materiales, mientras las cuidadoras procedían generalmente del vecindario. La escuela Wait prestó su patio. La relación con la institución escolar consistía entonces en utilizar un lugar disponible durante el verano, algo distinto de introducir una nueva materia en su horario.
En 1888, después de una petición al comité escolar, siete patios abrieron durante tres horas, cuatro días de buen tiempo por semana. Además de arena y palas, ofrecían pelotas, trompos, cuerdas, bloques de construcción y otros objetos. Tres jardines adicionales mantuvieron una oferta más limitada. La diversidad del material muestra que no había un único ejercicio destinado a todos: se organizaban posibilidades de acción y juego cuya disponibilidad dependía del espacio y de sus responsables. (Leonard, 1923, cap. XXVII, PDF pp. 389)
Charlesbank: diseño del espacio y diferencias de acceso
El proyecto de Charlesbank, diseñado por Frederick Law Olmsted en una franja junto al río Charles, incorporó paseo, vegetación y zonas de ejercicio diferenciadas. Un sector se destinó a hombres y muchachos; otro, protegido visualmente por arbustos, a mujeres y niñas. Esa separación formaba parte de la arquitectura del acceso, no de una división añadida después por quienes acudían. (Leonard, 1923, cap. XXVII, PDF pp. 389–390)
El gimnasio masculino abrió el 27 de agosto de 1889, dirigido por John Graham. Su equipamiento incluía barras, poleas, aparatos para trepar y una pista de carrera y bicicleta. En 1891 se añadieron lámparas eléctricas y se prolongó la apertura nocturna. La iluminación modificaba las horas disponibles para usar el lugar: la infraestructura podía ampliar una oportunidad sin alterar necesariamente el repertorio de ejercicios. (Leonard, 1923, cap. XXVII, PDF pp. 391–392)
La sección de mujeres y el espacio infantil abrieron informalmente el 1 de junio de 1891. Elizabeth C. McMartin, formada en la escuela normal de Sargent, fue nombrada responsable; una cuidadora con experiencia en jardín infantil acompañaba el trabajo. La asociación de higiene asumió la dirección, mientras la ciudad aportaba suministros, limpieza y mantenimiento. Así, una instalación pública podía depender de una combinación de recursos municipales y gestión asociativa. (Leonard, 1923, cap. XXVII, PDF pp. 392)
Las cifras de entradas procedían de registros de acceso. Sirven para conocer uso del recinto, pero no equivalen al número de personas distintas ni prueban efectos educativos. En cambio, la existencia de responsables formadas y de acuerdos de mantenimiento permite identificar condiciones de funcionamiento que una historia limitada a los aparatos dejaría fuera.
Chicago: iniciativas vecinales, escuela y administración municipal
En Chicago, Leonard distingue experimentos independientes, patios escolares y parques municipales, siguiendo la reconstrucción de la señora Charles Zueblin. Hull House abrió en 1893 un espacio con columpios, balancines y arena en un terreno cedido. El testimonio que recoge describe una organización inicialmente poco definida: tanto niños como supervisores tuvieron que aprender cómo manejarla. Esa observación muestra que reunir equipamiento y público no producía por sí mismo una práctica organizada. (Leonard, 1923, cap. XXVII, PDF pp. 394)
Otras iniciativas dependieron de la continuidad del terreno. El espacio vinculado al University Settlement de Northwestern, abierto en 1896, se abandonó dos años después por la ampliación del ferrocarril. Una oportunidad recreativa podía desaparecer aunque hubiera tenido usuarios; las decisiones urbanísticas también intervenían en la historia del aprendizaje corporal. (Leonard, 1923, cap. XXVII, PDF pp. 394)
La colaboración escolar adquirió otra forma en 1898. El consejo municipal aprobó fondos para pequeños parques temporales y se solicitó el uso de seis patios, sótanos y una sala para días de calor o lluvia. Asociaciones Turner prestaron aparatos portátiles. La organización contrató educadoras de jardín infantil y hombres encargados de acompañar a los muchachos mayores. El relato recogido por Leonard reconoce la inexperiencia de parte del personal y su aprendizaje mediante ajustes semanales. (Leonard, 1923, cap. XXVII, PDF pp. 394–395)
A comienzos del siglo XX, diferentes comisiones de parques asumieron adquisición, equipamiento y gestión de instalaciones. Los centros descritos por el autor reunían piscinas, zonas de ejercicio, campos de juego y espacios interiores con vestuarios, lectura y reuniones. No se trataba únicamente de trasladar una clase al aire libre: el lugar combinaba recreación, convivencia y servicios para el vecindario. Las autoridades y las partidas presupuestarias eran distintas de las de un pequeño patio cedido. (Leonard, 1923, cap. XXVII, PDF pp. 395–397)
La escuela fuera del horario de clase
El informe de 1916 que Leonard reproduce atribuye al movimiento recreativo una ampliación del uso de edificios escolares. En 127 ciudades se notificaba su funcionamiento como centros vecinales, con actividades nocturnas que podían incluir música, danza, reuniones y ejercicio. La cifra pertenece a ese informe histórico y a las ciudades que respondieron; no es un dato sobre todos los establecimientos del país. (Leonard, 1923, cap. XXVII, PDF pp. 400–401)
Este uso plantea una diferencia institucional importante. El edificio podía alojar una enseñanza curricular durante el día y otras formas de participación después. Compartir local no convertía automáticamente toda actividad nocturna en educación física escolar. Aun así, abrir las puertas requería decisiones sobre responsabilidad, personal y administración que conectaban escuela y vecindario.
1915–1921: leyes estatales con obligaciones diferentes
Leonard registra leyes de veinticinco estados entre 1915 y 1921 que exigían o permitían introducir educación física en las escuelas. Relaciona su expansión con el contexto de la guerra; esa explicación causal pertenece al autor. Su comparación muestra diferencias de edades, tiempos, supervisión y financiación, por lo que aprobar una ley no significaba adoptar un programa nacional idéntico. (Leonard, 1923, cap. XXVII, PDF pp. 401–402)
Illinois aprobó su disposición el 26 de junio de 1915 para escuelas públicas y normales. El comentario del boletín educativo que Leonard reproduce señalaba la ausencia de recursos específicos para programa, publicación y supervisión. Nueva York, en cambio, estableció en 1916, con modificación en 1918, formación para alumnos de ambos sexos mayores de ocho años, con un promedio mínimo de veinte minutos diarios. Contemplaba inspección y apoyo parcial al salario de docentes especializados. (Leonard, 1923, cap. XXVII, PDF pp. 402–403)
El plan neoyorquino reunía examen individual de salud, enseñanza de higiene y ejercicio habitual: gimnasia, marcha, juego supervisado, recreación y atletismo. Esta combinación ayuda a comprender el contenido administrativo de formación física en ese momento. El cuidado y el examen del cuerpo convivían con prácticas lúdicas; no era exclusivamente una asignatura deportiva. (Leonard, 1923, cap. XXVII, PDF pp. 403)
La ley californiana de 26 de mayo de 1917 asignaba obligaciones a autoridades escolares y establecía veinte minutos diarios de promedio en primaria y dos horas semanales en secundaria. Exigía formación en las escuelas normales, contemplaba supervisión estatal y un manual para docentes, y destinaba diez mil dólares a su puesta en marcha. Permitía exenciones por discapacidad física, según el texto histórico reproducido: la disposición no documenta un programa adaptado ni permite afirmar inclusión efectiva de esos estudiantes. (Leonard, 1923, cap. XXVII, PDF pp. 403–404)
Comparar estos casos cambia el centro de la explicación. La expansión no se comprende contando leyes, pues una obligación necesita condiciones para ejecutarse. Tampoco las diferencias de financiación demuestran por sí solas qué ocurrió en cada clase. Lo documentado aquí son mecanismos administrativos y propuestas curriculares que abrieron un ámbito de intervención escolar.
Espacios, responsables y enseñanza: una historia conectada
Entre los jardines de arena de Boston y las normas escolares de California aparecen distintas formas de organizar el movimiento. Cambian los responsables, los horarios y la relación con el Estado. Algunas experiencias utilizan patios escolares sin entrar en el currículo; otras preparan personal o establecen exigencias para las escuelas normales. Esas conexiones explican una transformación institucional sin hacer de cada iniciativa una etapa obligatoria de una única evolución.
La historia de la preparación docente entre 1861 y 1923 permite continuar por las instituciones que formaban a quienes enseñaban. El recorrido americano ofrece otras escalas y periodos. Para conocer las experiencias concretas de los escolares, el siguiente paso documental requiere registros de aula y testimonios situados: los informes administrativos utilizados aquí explican organización y propuestas, no todos los aprendizajes de sus participantes.
Bibliografía
- Leonard, F. E. (1923). A guide to the history of physical education. Lea & Febiger. Capítulo XXVII, “The Playground Movement in America. Statewide Physical Education”. Localizadores de la edición digital consultada: PDF pp. 388–405; el índice remite a las páginas impresas 337–351. Los informes y boletines históricos citados por Leonard se conocen mediante su libro.