Logo EDUFISICAEDUFISICAENCICLOPEDIA DE EDUCACIÓN FÍSICA

Fisiología del ejercicio · Cuerpo, movimiento y adaptación

Digestión y absorción: del alimento al tejido que se mueve

EDUFISICA · 9 min de lectura · Actualizado el 9 de octubre de 2026

Comer un alimento, absorber sus componentes y utilizarlos para producir movimiento son acontecimientos distintos. Entre el plato y la fibra muscular intervienen enzimas, superficies de intercambio, transportadores y circulación. Un alimento no llega intacto al músculo ni todas sus sustancias siguen la misma ruta. Comprender estas diferencias ayuda a interpretar preguntas habituales sobre las comidas, las bebidas y el ejercicio sin convertir cada sensación digestiva en una regla universal.

La digestión modifica los alimentos y permite obtener moléculas aprovechables; la absorción las incorpora al medio interno. Después, los tejidos pueden utilizarlas, transformarlas o almacenarlas. La actividad física modifica el contexto en que ocurre ese recorrido, pero no apaga automáticamente el aparato digestivo. Las respuestas dependen de la intensidad, el ambiente, lo ingerido y las características individuales. [1, pp. 63–71, 79–88; 2, pp. 7–15, 25–38; 4]

Corte histológico de vellosidades del íleon terminal, con tinción H&E.
Corte histológico de vellosidades del íleon terminal, con tinción H&E. Mikael Häggström (2021). Se redujo el tamaño y se convirtió a WebP. Ver ficha del archivo · Uso de la imagen

Ingerir, digerir, absorber y utilizar no significan lo mismo

La ingestión introduce alimentos y líquidos. La digestión combina procesos mecánicos y químicos que los fragmentan y transforman. La absorción supone cruzar una barrera epitelial; en el intestino delgado, las vellosidades y microvellosidades amplían la superficie disponible. Finalmente, la utilización depende de lo que hace cada tejido con las moléculas recibidas. Estas categorías permiten localizar un problema con más precisión que hablar de «asimilar» como si fuera un único paso. [1, pp. 63–68]

Un carbohidrato digerible puede acabar convertido en monosacáridos; una proteína aporta aminoácidos y pequeños péptidos; muchos lípidos requieren mecanismos de emulsificación y transporte diferentes. El agua y determinados micronutrientes no necesitan una degradación equivalente a la de una proteína. Por eso, más digestión no significa necesariamente más aprovechamiento. La cuestión relevante es qué transformaciones necesita cada sustancia y qué condiciones hacen posible su paso al organismo. [1, pp. 69–71, 79–87; 2, pp. 7–15, 25–38]

La energía química se libera y transfiere mediante reacciones posteriores, estudiadas en metabolismo y ATP. El intestino no convierte por sí solo una comida en una cantidad predeterminada de saltos o carreras. Entre la entrada de nutrientes y el resultado motor intervienen también reservas, suministro de oxígeno, regulación y coordinación. Esta separación explica por qué una etiqueta nutricional resulta útil para describir un producto, pero no predice por completo una sesión.

La digestión depende de una organización coordinada

La masticación fragmenta los alimentos y los mezcla con saliva. En el estómago, la actividad mecánica, el medio ácido y las secreciones participan en la transformación del contenido. La pepsina interviene en la degradación de proteínas, sin completar por sí sola todo el proceso. El vaciamiento gástrico regula la llegada al intestino. Su velocidad no depende exclusivamente de si una comida es sólida o líquida: también importan su composición y otras condiciones. [1, pp. 63–68, 79–80]

En el intestino delgado convergen secreciones pancreáticas, biliares e intestinales. Las enzimas pancreáticas actúan sobre carbohidratos, proteínas y lípidos; el bicarbonato contribuye a modificar el entorno ácido que llega del estómago. La bilis facilita la dispersión y el procesamiento de grasas, pero no es una enzima que rompa todos sus enlaces. Distinguir entre crear condiciones apropiadas y catalizar una reacción evita atribuir la misma función a secreciones diferentes. [1, pp. 63–68, 79–83]

Esta coordinación incluye señales nerviosas y hormonales vinculadas al contenido digestivo. Los movimientos intestinales hacen avanzar y mezclar materiales, mientras que las células de la mucosa realizan intercambios selectivos. El aparato digestivo, por tanto, no es un tubo pasivo por el que la comida simplemente cae. Tampoco funciona a una velocidad fija aplicable a todas las personas. El modelo explica mecanismos generales; las variaciones de tolerancia necesitan considerar la situación concreta.

Los azúcares utilizan transportadores específicos

El almidón y otros carbohidratos digeribles se transforman mediante enzimas hasta obtener unidades que pueden absorberse. La glucosa y la galactosa pueden entrar en los enterocitos mediante el cotransportador SGLT1, asociado al sodio. Es transporte activo secundario: aprovecha un gradiente cuya conservación depende de otros procesos celulares. No consiste en que la glucosa atraviese libremente cualquier membrana, ni en que el transportador use ATP de la misma forma que una bomba. [1, pp. 69–71; 3]

La fructosa utiliza una vía de transporte facilitado diferente, asociada a GLUT5. La salida de azúcares hacia la circulación involucra transportadores de la membrana basolateral, entre ellos GLUT2. El sistema es regulado y su descripción se ha ampliado con la investigación. Una revisión de Kellett y colaboradores analiza precisamente las distintas contribuciones al transporte intestinal. Para entender el recorrido básico basta reconocer que la identidad de la molécula y su posición en la membrana importan. [1, pp. 69–71; 3]

Los nutrientes absorbidos hacia la circulación portal llegan primero al hígado antes de distribuirse más ampliamente. Ese paso no significa que toda la glucosa quede almacenada allí. El destino depende de la situación metabólica y de otros tejidos. Además, absorber glucosa en el intestino y captarla mediante GLUT4 en el músculo son etapas distintas. El vínculo con la contracción y la regulación hormonal se desarrolla en ejercicio y glucosa.

Las proteínas alimentarias se transforman antes de incorporarse

Las proteínas se degradan por la acción coordinada de proteasas y peptidasas. El resultado incluye aminoácidos libres y pequeños péptidos que pueden entrar por transportadores específicos. Muchos péptidos se procesan adicionalmente dentro del enterocito. La absorción no consiste en trasladar intacta una proteína alimentaria hasta una fibra muscular y pegarla a sus estructuras. Las células construyen sus propias proteínas mediante la maquinaria de síntesis y las instrucciones que expresan. [1, pp. 79–82; 2, pp. 25–38]

Una vez en circulación, los aminoácidos participan en funciones numerosas: síntesis de proteínas, producción de otras moléculas y metabolismo energético, según el contexto. El músculo no es su único destino. La renovación de tejidos ocurre de manera continua, incluso cuando una persona no está entrenando. Por ello, la importancia de las proteínas no se reduce a aumentar volumen muscular ni puede juzgarse únicamente por cuánto destaca ese nutriente en la publicidad de un alimento. [2, pp. 25–38]

En un ejemplo hipotético de clase, dos estudiantes comparan «contiene proteína» con «hace crecer el músculo». La primera frase describe una composición; la segunda atribuye un resultado que depende de condiciones adicionales. Preguntar qué es absorbido, qué tejido lo utiliza y qué estímulo recibe ese tejido permite razonar sin diseñar una dieta. La explicación de hipertrofia muscular completa esta relación entre materiales disponibles, actividad y adaptación.

Las grasas necesitan una ruta compatible con un medio acuoso

Los lípidos plantean un problema físico: muchos de ellos no se disuelven libremente en el medio acuoso intestinal. La emulsificación y los componentes biliares facilitan la acción de enzimas y la formación de estructuras que acercan productos de la digestión a la superficie absorbente. Las micelas colaboran en ese transporte local. No conviene confundirlas con los quilomicrones, que se forman en el enterocito para transportar lípidos por otras vías. [1, pp. 82–84; 2, pp. 18–25]

Después de absorber productos de la digestión de grasas de cadena larga, los enterocitos pueden reconstituir triglicéridos y empaquetarlos con otros componentes en quilomicrones. Estos pasan a la linfa y después a la circulación. La ruta difiere de la entrada portal de muchos azúcares y aminoácidos. Existen particularidades según el tipo de ácido graso, de modo que el esquema representa una vía importante y no un destino idéntico para cualquier molécula llamada grasa. [1, pp. 82–84]

Esta diferencia de transporte ayuda a entender por qué las categorías nutricionales son más que una suma de calorías. Sin embargo, no autoriza a deducir que un nutriente sea bueno o malo por tardar más en una etapa. Los efectos dependen del conjunto de la alimentación y de la actividad. En sustratos durante el ejercicio se distingue el recorrido desde el alimento del uso de reservas ya presentes en el organismo.

El intestino también intercambia agua y procesa componentes no digeridos

El contenido digestivo recibe agua de bebidas y alimentos, pero también de secreciones del propio organismo. Gran parte de ese líquido se reabsorbe. El movimiento de agua se relaciona con gradientes y con la absorción de solutos; no ocurre al margen de ellos. Describir únicamente los vasos bebidos deja fuera una circulación importante de líquidos dentro del aparato digestivo. La conexión entre absorción y homeostasis del agua permite comprender el conjunto. [1, pp. 84–87]

La fibra reúne componentes que no se digieren y absorben igual que el almidón. Parte puede ser fermentada por microorganismos intestinales, con producción de metabolitos. Eso no convierte toda la fibra en una sustancia idéntica ni todas las microbiotas en equivalentes. Hay diversidad de estructuras y respuestas. El artículo sobre microbiota y ejercicio examina esa interacción sin atribuir a un solo alimento un efecto universal sobre el rendimiento. [1, pp. 19–25, 94–95]

El colon participa en la recuperación de agua y en el manejo de materiales que llegan desde el intestino delgado. Las heces contienen más que alimentos «desaprovechados»: incluyen agua, biomasa microbiana y componentes del organismo. Por eso, la diferencia entre energía ingerida y energía absorbida no se obtiene mirando una etiqueta. Esta distinción importa especialmente cuando se estudia el balance energético o se comparan dietas mediante mediciones experimentales.

La actividad puede modificar la función y las sensaciones digestivas

Durante el esfuerzo cambian la distribución del flujo sanguíneo y las señales del sistema nervioso. A ello pueden sumarse movimientos mecánicos, calor y características de lo ingerido. La declaración conjunta de Costa y colaboradores distingue las alteraciones fisiológicas gastrointestinales asociadas al ejercicio de los síntomas que experimenta una persona. Ambas cuestiones se relacionan, pero no son medidas equivalentes. Una molestia no demuestra por sí sola una lesión específica. [4]

La investigación revisada se concentra en contextos deportivos, incluidos esfuerzos prolongados y condiciones exigentes. Trasladar sus resultados a cualquier juego escolar sería una generalización injustificada. También sería incorrecto afirmar que todas las personas deben soportar náuseas para entrenar adecuadamente. Cuando los síntomas se repiten o son importantes, se requiere una valoración apropiada; la explicación educativa no sustituye esa evaluación ni ofrece tratamientos universales. [4]

En la organización de una sesión interesa observar el contexto: duración, pausas, temperatura, acceso a líquidos y experiencias comunicadas por los participantes. La tolerancia digestiva no puede calificarse como una virtud moral. Registrar una situación y modificar la organización cuando corresponde aporta más que imponer una única espera después de comer. La finalidad es comprender condiciones y facilitar una práctica adaptada, sin convertir hallazgos de atletas adultos en reglas rígidas para la infancia.

Una lectura útil sigue el recorrido y reconoce sus límites

El índice glucémico describe una respuesta estandarizada de la glucemia ante una cantidad comparable de carbohidrato disponible. No mide por sí solo la calidad completa de un alimento, su velocidad exacta de digestión ni su efecto en cada comida mixta. Tampoco establece una prohibición automática antes o después del ejercicio. Una lectura rigurosa distingue el dato experimental del contexto de consumo y de las necesidades particulares. [2, pp. 94–102]

Para analizar una afirmación comercial conviene identificar el eslabón que describe. «Se absorbe» habla de una entrada; «se utiliza» exige demostrar un destino; «mejora el rendimiento» requiere evaluar un resultado. Saltar de uno a otro sin datos deja sin explicar la parte decisiva. El siguiente organizador sirve para discutir esas relaciones en una clase, sin ordenar alimentos según supuestas propiedades mágicas ni elaborar recomendaciones individuales.

Comprender la digestión amplía la capacidad de hacer preguntas. Permite reconocer cuándo una explicación describe una enzima, cuándo analiza el transporte y cuándo atribuye un resultado deportivo. También muestra que la misma actividad puede ser tolerada de manera diferente. La fisiología no sustituye esa diversidad por un único horario o menú: proporciona mecanismos para interpretarla y criterios para buscar evidencia pertinente.

EtapaPregunta que ayuda a entenderLo que no demuestra por sí sola
Digestión¿Qué moléculas se transforman y mediante qué procesos?Una mejora deportiva posterior
Absorción¿Qué componentes cruzan la barrera y por qué ruta?Que todos lleguen al músculo
Distribución y utilización¿Qué tejidos captan, almacenan o transforman?Un mismo destino en todo contexto
Respuesta durante el ejercicio¿Qué esfuerzo y qué condiciones se estudiaron?Una regla válida para cualquier edad

Bibliografía

  1. León Ariza, H. H. (2026). Fisiología del ejercicio: bases para la comprensión del rendimiento y el ejercicio físico para la salud. Universidad de La Sabana. Consultar fuente
  2. McArdle, W. D., Katch, F. I., y Katch, V. L. (2015). Fisiología del ejercicio: nutrición, rendimiento y salud (8.ª ed. española). Wolters Kluwer Health España. ISBN 978-84-16004-70-6.
  3. Kellett, G. L., Brot-Laroche, E., Mace, O. J., y Leturque, A. (2008). Sugar absorption in the intestine: the role of GLUT2. Annual Review of Nutrition, 28, 35–54. Consultar fuente
  4. Costa, R. J. S., et al. (2025). Sports Dietitians Australia and Ultra Sports Science Foundation Joint Position Statement: A Practitioner Guide to the Prevention and Management of Exercise-Associated Gastrointestinal Perturbations and Symptoms. Sports Medicine, 55, 1097–1134. Consultar fuente