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Fisiología del ejercicio · Cuerpo, movimiento y adaptación

Sustratos del ejercicio: cómo cambian los combustibles sin encenderse por turnos

EDUFISICA · 9 min de lectura · Actualizado el 9 de octubre de 2026

Una carrera, un salto y una caminata necesitan transferir energía, pero no utilizan exactamente las mismas proporciones de combustibles. Incluso dentro de una sola sesión cambian la intensidad, el ritmo y la disponibilidad de sustratos. El cuerpo no abre sucesivamente compartimentos aislados hasta vaciarlos: diferentes vías participan al mismo tiempo, con contribuciones que se ajustan a la demanda. Esta organización permite explicar el esfuerzo sin reducirlo a una tabla de minutos.

El alimento aporta materiales y energía química; las reservas corporales y la regulación deciden cómo se utilizan en cada situación. Por eso, conocer el combustible no equivale a prescribir una dieta ni a predecir quién ganará una prueba. Aquí se examinan mecanismos y formas de interpretarlos. Las cantidades individuales, los tratamientos y los planes nutricionales requieren información que no puede obtenerse de una clasificación general. [1, pp. 105–124; 2, pp. 133–146; 3]

Frutas fotografiadas en Bali.
Frutas fotografiadas en Bali. Midori (2011). La variedad de alimentos sirve para contextualizar los nutrientes; la imagen no constituye una recomendación dietética individual. Se redujo el tamaño y se convirtió a WebP. Ver ficha del archivo · Uso de la imagen

Un sustrato es una molécula utilizada, no el nombre de todo un sistema

Un sustrato participa en una reacción o conjunto de reacciones. En el metabolismo energético interesan, entre otros, glucosa, ácidos grasos y determinados aminoácidos. Una vía es la secuencia de transformaciones que los procesa; un depósito es el lugar o forma en que se conservan reservas. La grasa almacenada, el ácido graso que circula y su oxidación mitocondrial describen niveles distintos. Confundirlos impide reconocer dónde cambia realmente el suministro. [1, pp. 105–119; 2, pp. 135–146]

Las vías contribuyen a resintetizar ATP, cuya utilización sostiene el trabajo celular. La fosfocreatina permite transferir rápidamente un grupo fosfato; la glucólisis y el metabolismo oxidativo aportan otras rutas. Un mismo nutriente puede intervenir en etapas diferentes. La glucosa, por ejemplo, puede aportar ATP mediante glucólisis y sus productos pueden seguir una oxidación mitocondrial. Llamar al carbohidrato «anaeróbico» como propiedad exclusiva del alimento elimina esa distinción. [2, pp. 135–141; 3]

La explicación de ATP y sistemas energéticos desarrolla estas rutas. Antes de compararlas conviene formular tres preguntas: qué reserva está disponible, a qué velocidad puede movilizarse y qué transformaciones admite el tejido. Disponer de mucha energía almacenada no significa poder transferirla con cualquier rapidez. Esta diferencia entre capacidad y tasa ayuda a comprender por qué una reserva abundante no sostiene por sí sola toda actividad intensa.

Glucosa circulante y glucógeno cumplen funciones relacionadas, pero distintas

La glucosa puede llegar a la sangre desde el intestino, desde reservas hepáticas o mediante síntesis a partir de precursores. El glucógeno es un polímero almacenado principalmente en hígado y músculo. Su localización importa: el hígado contribuye a mantener la disponibilidad de glucosa para el organismo; el glucógeno muscular sirve de reserva para las propias fibras. No son dos nombres para un único depósito al que todos los tejidos acceden de igual forma. [1, pp. 72–78, 105–109; 2, pp. 141–144]

Durante la actividad, la captación muscular de glucosa y el uso de glucógeno responden a señales asociadas a la contracción y al estado hormonal. La disponibilidad previa, la duración y la intensidad modifican el contexto. Una sesión no puede analizarse únicamente por lo que se comió inmediatamente antes. También intervienen reservas acumuladas y actividad anterior. La relación entre señales hormonales y contracción se explica en regulación de la glucosa durante el ejercicio.

La reducción de reservas de glucógeno puede contribuir a limitar esfuerzos prolongados, aunque la fatiga tiene causas numerosas. Tampoco cualquier cansancio permite diagnosticar una falta de carbohidratos. Sensaciones, concentración, calor y exigencia mecánica forman parte de la situación. Vincular un mecanismo demostrado con una experiencia individual exige más datos que una impresión de agotamiento. La fisiología ofrece posibilidades explicativas; no convierte un síntoma inespecífico en una conclusión única. [2, pp. 141–144]

Liberar grasa y oxidarla son pasos diferentes

Los triglicéridos almacenados contienen ácidos grasos que pueden liberarse mediante lipólisis. Para utilizarlos, los tejidos deben recibirlos o acceder a reservas locales y procesarlos a través de sus rutas metabólicas. En el músculo, la oxidación mitocondrial de ácidos grasos contribuye a aportar energía para la resíntesis de ATP. La movilización de una reserva, su llegada a un tejido y su oxidación no son acontecimientos equivalentes ni tienen siempre la misma velocidad. [1, pp. 115–118; 2, pp. 145–146]

El metabolismo oxidativo participa desde el comienzo del ejercicio, aunque su respuesta cambia con el tiempo y la demanda. No existe un instante universal en que el cuerpo «empieza a quemar grasa» después de haber usado exclusivamente otros combustibles. La proporción de energía atribuida a grasas puede aumentar o disminuir según intensidad, disponibilidad y entrenamiento. Hablar de proporciones resulta más preciso que situar una frontera fija para todas las personas. [1, pp. 122–124; 3]

Además, oxidar grasa durante una sesión no demuestra una pérdida equivalente de tejido adiposo a largo plazo. La alimentación, el resto de la actividad y otras respuestas del organismo forman parte del balance. La diferencia se examina en apetito y balance energético. Una actividad puede resultar útil por sus aprendizajes, su disfrute y sus adaptaciones aunque no se la presente como el método que consume el mayor porcentaje de grasa.

Proporción de un combustible y cantidad utilizada no son intercambiables

Cuando aumenta la exigencia de transferencia de energía, las contribuciones de los sustratos pueden cambiar. Los carbohidratos permiten sostener tasas elevadas en diversas situaciones, mientras que las grasas aportan una reserva importante para el metabolismo oxidativo. Esta relación no produce una clasificación simple de ejercicios que usan únicamente un nutriente. La duración, el estado previo y la forma de ejecutar la tarea modifican el resultado. [2, pp. 135–146; 3]

Un ejemplo hipotético aclara la diferencia matemática: si un esfuerzo utiliza una fracción mayor de grasa, pero su gasto total es menor, eso no permite concluir que haya oxidado una cantidad absoluta mayor. Para comparar cantidades se necesitarían ambas medidas, además de las condiciones de estimación. Los porcentajes sin denominador favorecen conclusiones engañosas. Este ejemplo es una explicación de proporciones, no una estimación de calorías para una persona real.

La intensidad también debe expresarse de forma pertinente. Una velocidad idéntica puede representar una exigencia relativa diferente para dos participantes. En un juego, acelerar, frenar y tomar decisiones modifica continuamente la demanda. Clasificar la actividad por su nombre, sin describir su ejecución, deja fuera información decisiva. El artículo sobre planificación y continuo energético muestra cómo analizar una tarea mediante sus acciones y pausas.

Los aminoácidos tienen usos energéticos, pero no se reducen a combustible

Los aminoácidos son indispensables para construir y renovar proteínas y para formar otras moléculas. Sus esqueletos de carbono también pueden participar en rutas energéticas, con destinos que dependen del aminoácido y del tejido. El manejo del nitrógeno requiere procesos específicos, distintos de la oxidación de un ácido graso. Reconocer su uso metabólico no significa que toda proteína ingerida termine convertida en movimiento ni que las proteínas solo se degraden después de agotar por completo otras reservas. [1, pp. 118–119; 2, pp. 25–38]

La contribución de aminoácidos al metabolismo depende de la situación nutricional y del esfuerzo. En determinadas condiciones puede aumentar, pero una descripción general no establece una cantidad individual ni permite diagnosticar pérdida muscular. Sí permite distinguir la energía potencial de un nutriente de su función predominante en un contexto. Los tejidos mantienen recambio y actividad metabólica incluso en reposo, por lo que la interpretación debe abarcar más que el instante de la sesión.

La síntesis y degradación de proteínas forman parte de un equilibrio dinámico. El entrenamiento aporta estímulos; la disponibilidad de materiales, la recuperación y otros factores intervienen en la respuesta. Presentar un aminoácido aislado como garantía de adaptación omite esa coordinación. La relación entre función estructural, disponibilidad y regulación aparece en biomoléculas y micronutrientes, mientras que hipertrofia examina la adaptación del tejido.

Los cuerpos cetónicos amplían las posibilidades metabólicas

El hígado puede producir cuerpos cetónicos a partir de precursores vinculados al metabolismo de grasas. Entre ellos se encuentran acetoacetato y beta-hidroxibutirato. Otros tejidos pueden utilizarlos para obtener energía según sus capacidades y las condiciones metabólicas. Su presencia añade una posibilidad al suministro; no reemplaza la necesidad de entender el conjunto de combustibles. La disponibilidad cambia con circunstancias como ayuno y determinadas modificaciones alimentarias. [1, pp. 120–122; 2, p. 141]

Describir esta ruta no demuestra que inducirla mejore cualquier rendimiento. Aumentar el uso de un sustrato y mejorar un resultado deportivo son afirmaciones diferentes. Para evaluar la segunda se necesitan pruebas del resultado, con comparaciones adecuadas y condiciones bien descritas. Un cambio de un marcador metabólico puede acompañar adaptaciones diversas sin demostrar una ventaja global. La explicación de una ruta no debe convertirse en promoción de una dieta.

También conviene diferenciar un proceso fisiológico de situaciones clínicas que requieren valoración. La palabra cetona no basta para caracterizar el estado completo del organismo. Este artículo no propone interpretar mediciones domésticas ni modificar alimentación o medicación para alcanzar cifras. Su utilidad consiste en situar el combustible dentro de la red metabólica y en reconocer qué información haría falta para valorar una aplicación concreta.

Los gases permiten estimaciones, con condiciones y límites

La oxidación de diferentes sustratos se relaciona con distintas proporciones de dióxido de carbono producido y oxígeno consumido. El cociente respiratorio describe esa relación a nivel metabólico. La relación de intercambio respiratorio se obtiene a partir de gases medidos en la respiración. Bajo determinadas condiciones, estos valores permiten estimar contribuciones, pero no deben tratarse como idénticos en cualquier esfuerzo. Ventilación, almacenamiento de gases y otros procesos pueden alterar la correspondencia. [1, pp. 111–119; 2, pp. 177–183]

Durante transiciones rápidas o esfuerzos intensos, las mediciones de gases no ofrecen una lectura directa y completa de todas las rutas. La liberación de dióxido de carbono vinculada al equilibrio ácido-base y los cambios ventilatorios afectan la interpretación. Tampoco una estimación global identifica exactamente qué fibra utiliza cada sustrato. Medir mejor requiere definir las condiciones, calibrar equipos y escoger un procedimiento adecuado para la pregunta. [2, pp. 177–183]

El artículo sobre ergoespirometría desarrolla el sentido de estas pruebas. En educación, la distinción fundamental es entre una variable medida y el proceso que se estima mediante ella. Cuando un reloj anuncia una cifra de calorías, no está observando directamente cada reacción celular. Sus cálculos se apoyan en modelos que deben valorarse por su precisión y por el contexto de uso, sin convertirlos en un juicio sobre el esfuerzo personal.

Comprender el combustible ayuda a preguntar mejor

Una explicación útil integra disponibilidad, demanda y regulación. Si un esfuerzo cambia, puede cambiar el uso de reservas; si se modifica la alimentación, no necesariamente mejora el rendimiento; si una medición cambia, hay que entender cómo se obtuvo. Son relaciones que permiten leer con criterio una etiqueta o un estudio. La tabla organiza preguntas de análisis y evita equiparar una propiedad molecular con una recomendación individual.

En un ejemplo hipotético de clase, el grupo compara una caminata continua con un juego de persecución que alterna carreras y espera. No se asignan porcentajes de combustibles imaginarios. Se describen aceleraciones, continuidad y recuperación; luego se explica por qué esas diferencias pueden modificar las contribuciones metabólicas. La actividad enseña a formular hipótesis que necesitarían medición para confirmarse. También permite reconocer que habilidades y decisiones no quedan resumidas en el gasto energético.

El valor del modelo está en relacionar escalas: alimento, reserva, célula y tarea. Estas conexiones muestran por qué la nutrición del ejercicio es un campo de regulación y contexto, no una lista de alimentos que actúan como interruptores. Comprender el metabolismo permite abandonar explicaciones rígidas y exigir evidencia cuando se promete un resultado. Cada afirmación debe conservar la distancia entre lo que describe una vía y lo que realmente demuestra una intervención.

AfirmaciónQué conviene distinguir
Se utiliza más grasaProporción, cantidad absoluta y balance a largo plazo
El alimento aporta energíaDigestión, reservas y velocidad de transferencia
El valor respiratorio cambióCondiciones de medida y supuestos de estimación
Aumentó un metabolitoCambio fisiológico y resultado deportivo
Es un ejercicio aeróbicoPredominio oxidativo y participación simultánea de otras vías

Bibliografía

  1. León Ariza, H. H. (2026). Fisiología del ejercicio: bases para la comprensión del rendimiento y el ejercicio físico para la salud. Universidad de La Sabana. Consultar fuente
  2. McArdle, W. D., Katch, F. I., y Katch, V. L. (2015). Fisiología del ejercicio: nutrición, rendimiento y salud (8.ª ed. española). Wolters Kluwer Health España. ISBN 978-84-16004-70-6.
  3. Hargreaves, M., y Spriet, L. L. (2020). Skeletal muscle energy metabolism during exercise. Nature Metabolism, 2, 817–828. Consultar fuente