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Fisiología del ejercicio · Cuerpo, movimiento y adaptación

Hormonas y metabolismo durante el ejercicio: cómo se coordina la energía

EDUFISICA · 9 min de lectura · Actualizado el 9 de octubre de 2026

Al comenzar a correr, el organismo necesita disponer de energía con rapidez, pero también conservar condiciones compatibles con el funcionamiento del cerebro, la circulación y los demás tejidos. El músculo puede consumir sus reservas y captar nutrientes; el hígado ayuda a mantener la glucosa sanguínea, mientras el tejido adiposo moviliza parte de sus lípidos. Estas respuestas se coordinan mediante señales nerviosas, mecanismos locales y hormonas. Ninguna de esas vías trabaja por separado. [1, pp. 147–154; 2, pp. 408–414].

Comprender esta coordinación permite superar explicaciones como «la insulina es mala para entrenar» o «el cortisol destruye el músculo». Una hormona no tiene una función moral ni un único efecto. Su acción depende de la concentración, del receptor, del tejido que la recibe y del momento. El reto consiste en entender esas relaciones, en lugar de convertir el sistema endocrino en una lista de sustancias que suben o bajan.

Tejido adiposo observado a 400 aumentos.
Tejido adiposo observado a 400 aumentos. Berkshire Community College Bioscience Image Library (2018). Se redujo el tamaño y se convirtió a WebP. Ver ficha del archivo · Uso de la imagen

Una señal necesita un receptor para producir una respuesta

El sistema endocrino reúne órganos y células capaces de liberar mensajeros químicos. Algunas hormonas pasan a la sangre y actúan a distancia; otras sustancias comunican células próximas o modifican la actividad de la propia célula que las produce. Por eso conviene distinguir comunicación endocrina, paracrina y autocrina. La distancia ayuda a describir el recorrido de la señal, aunque una misma molécula puede participar en más de una modalidad. [1, pp. 147–152].

La sangre distribuye una hormona, pero no todos los tejidos responden de la misma manera. Para hacerlo necesitan receptores adecuados. La unión entre señal y receptor activa procesos celulares: modificar una enzima, desplazar un transportador hacia la membrana o alterar la expresión de determinados genes. La cantidad de receptores y su sensibilidad también importan. Una concentración sanguínea aislada describe parte del mensaje; no equivale a medir toda su acción. [2, pp. 410–414].

Las hormonas peptídicas, como la insulina, suelen iniciar sus efectos mediante receptores de membrana. Las esteroideas, como el cortisol, pueden actuar mediante receptores intracelulares y regular la transcripción; también existen acciones más rápidas que complican una clasificación estricta. Las hormonas tiroideas derivan de aminoácidos, pero su comportamiento no es idéntico al de las catecolaminas. Clasificar por estructura resulta útil siempre que no se confunda con una explicación completa de sus efectos. [1, pp. 148–152; 2, p. 410].

Esta distinción cambia la forma de estudiar el ejercicio. Una señal puede modificar rápidamente la disponibilidad de combustible y, con exposiciones repetidas, participar en adaptaciones más duraderas. Sin embargo, que aparezca después de una sesión no demuestra que sea la causa exclusiva de la mejora. Las revisiones sobre mioquinas y exerquinas muestran una red de señales musculares y de otros órganos, con distintos niveles de evidencia para cada mecanismo. [3; 4].

Comer, ayunar y moverse plantean necesidades distintas

Después de una comida, la entrada de nutrientes favorece respuestas orientadas a utilizarlos y almacenarlos. La insulina participa en la captación de glucosa de tejidos sensibles, en la formación de glucógeno y en la regulación del metabolismo lipídico y proteico. No significa que todas las células dependan de ella para recibir glucosa, ni que su única función consista en reducir la glucemia. El conjunto de efectos responde al estado alimentado. [1, pp. 153–154; 2, pp. 433–440].

Entre comidas, el organismo mantiene la glucosa circulante mediante la producción hepática y, según el contexto, la contribución de otros órganos. El glucagón favorece procesos hepáticos que liberan glucosa a la circulación. El glucógeno muscular cumple una tarea diferente: sirve principalmente al propio músculo. Tener reservas musculares no equivale a disponer de un depósito que pueda descargarse directamente como glucosa libre en la sangre. [1, pp. 157–159].

Durante el ejercicio, estas relaciones se reorganizan según duración, intensidad y disponibilidad de nutrientes. En un esfuerzo prolongado, mantener el aporte energético exige coordinar lo que utiliza el músculo con lo que aporta el hígado y moviliza el tejido adiposo. En un esfuerzo breve e intenso, el uso rápido de recursos intramusculares cobra mayor importancia. Los sistemas de resíntesis del ATP explican cómo se transforma ese combustible en energía utilizable. [1, pp. 147, 163–167].

Por tanto, «quemar grasa» no describe una hormona específica ni asegura una pérdida de grasa corporal. Oxidar lípidos durante una sesión, movilizarlos desde el tejido adiposo y cambiar la composición corporal durante semanas son procesos relacionados, pero distintos. El estado endocrino ayuda a regular el primero y el segundo; el resultado prolongado depende del balance energético y de muchas otras condiciones. [1, pp. 153–167; 2, pp. 433–443].

Qué cambia cuando empieza el esfuerzo

La activación del sistema nervioso simpático y las catecolaminas contribuye a ajustar circulación y metabolismo. Adrenalina y noradrenalina participan en respuestas cuya magnitud cambia con la demanda. No conviene asignarles un único efecto según un receptor supuesto: existen receptores adrenérgicos diferentes, y su distribución en cada tejido modifica el resultado. El mismo mensaje puede formar parte de la regulación cardíaca, vascular o metabólica. [1, p. 163; 2, pp. 420–425, 440].

En muchos ejercicios aeróbicos aumenta la necesidad de producir y utilizar glucosa, mientras disminuye la concentración de insulina respecto a ciertas condiciones de reposo. Aun así, el músculo activo puede incrementar su captación de glucosa. La aparente contradicción se resuelve al reconocer que la contracción activa vías de transporte que no son idénticas a las de la insulina. Ambas pueden contribuir y compartir componentes sin ser la misma señal. [1, pp. 177–178; 5].

El cortisol y la hormona de crecimiento participan en respuestas metabólicas de tiempos y funciones diferentes. Su comportamiento depende de intensidad, duración, hora, alimentación y estado previo. La presencia de una respuesta de cortisol no demuestra por sí sola lesión muscular ni sobreentrenamiento. Tampoco una elevación aguda de hormona de crecimiento permite predecir cuánto aumentará la masa muscular de una persona. Esas conclusiones requerirían más información y un diseño de investigación adecuado. [2, pp. 414, 425, 440–443].

Las hormonas tiroideas ayudan a regular procesos metabólicos de alcance amplio. Eso no convierte una sesión en un método para ajustar clínicamente la función tiroidea. McArdle y colaboradores distinguen el papel general de estas hormonas de cambios transitorios observados durante esfuerzos concretos. La interpretación de un trastorno endocrino requiere evaluación clínica; explicar una respuesta fisiológica no sustituye esa valoración. [2, p. 420].

La regulación mantiene relaciones, no valores inmóviles

La retroalimentación permite que una respuesta modifique el estímulo que la inició. Si cambia la disponibilidad de glucosa o de otro sustrato, también pueden cambiar la secreción hormonal y la actividad de los tejidos. En los ejes hipotálamo, hipófisis y glándulas periféricas, esta organización tiene varios niveles. La regulación no consiste simplemente en que una hormona aumente cada vez que hacemos ejercicio. [2, pp. 408–414].

Además, ciertas secreciones son pulsátiles o siguen ritmos diarios. Dos muestras tomadas a horas diferentes pueden representar momentos distintos de un mismo sistema, incluso sin una intervención de entrenamiento. La hidratación, la posición corporal y el tiempo transcurrido desde el esfuerzo pueden añadir variaciones. Estas condiciones no invalidan medir hormonas; exigen describir cómo se realizó la medición antes de comparar resultados. [2, p. 414; 4].

En educación física, esta idea ayuda a separar sensaciones, observaciones y pruebas de laboratorio. Sentirse activado antes de un partido no permite saber cuánta adrenalina circula. Tener cansancio después de varias sesiones tampoco identifica una alteración del cortisol. Podemos discutir hipótesis sobre estrés y recuperación, pero una hipótesis no debe presentarse como un diagnóstico basado en el aspecto o el rendimiento del estudiante. [2, pp. 414, 443].

Un cambio fisiológico puede ser útil a corto plazo sin convertirse en un objetivo que deba maximizarse. Movilizar combustible favorece responder a una demanda; mantener esa activación constantemente sería otro problema. La recuperación devuelve al organismo hacia condiciones compatibles con reposición, reparación y funcionamiento cotidiano. Interpretar el sistema exige considerar tanto la demanda como el periodo posterior. [1, pp. 153–167; 2, pp. 440–443].

Respuesta de una sesión y adaptación del entrenamiento

La respuesta aguda sucede durante una exposición concreta y su recuperación. La adaptación aparece al repetir estímulos bajo determinadas condiciones. No se deduce la segunda multiplicando la primera por el número de sesiones. El entrenamiento puede modificar sensibilidad, capacidad muscular y economía del esfuerzo, de modo que una misma tarea externa llegue a producir una perturbación diferente. [2, p. 443].

Comparar personas entrenadas y no entrenadas obliga a preguntar qué significa «la misma intensidad». Una velocidad idéntica puede exigir proporciones distintas de su capacidad. A la inversa, una intensidad relativa parecida puede implicar velocidades o cargas externas diferentes. Si no se aclara cuál se mantuvo constante, la diferencia hormonal puede interpretarse erróneamente como superioridad de un grupo. [2, pp. 440–443].

La investigación reciente amplía la mirada hacia músculo y tejido adiposo como órganos de comunicación. Las señales producidas durante el movimiento se conectan con otros tejidos y con procesos de adaptación. Sin embargo, las revisiones subrayan diferencias entre modelos animales, estudios celulares y resultados humanos. Una señal prometedora no es automáticamente un biomarcador validado para orientar la clase o el entrenamiento individual. [3; 4].

Por eso, una interpretación útil combina carga, contexto y evolución. Para aprender fisiología resulta más preciso preguntar «¿qué demanda afrontó este tejido y qué mecanismos permiten responder?» que buscar una hormona responsable de todo. El rendimiento emerge de una coordinación en la que también intervienen el sistema nervioso, la circulación y la disponibilidad de sustratos. [1, p. 147; 2, pp. 440–443].

SituaciónPregunta que ayuda a interpretarlaError que conviene evitar
Respuesta aguda¿Cuándo se midió y frente a qué esfuerzo?Suponer que un pico hormonal predice toda la adaptación.
Comparación entre personas¿Se igualó carga externa o intensidad relativa?Dar a ambas comparaciones el mismo significado.
Cambio en glucemia¿Qué aportan hígado y músculo en ese momento?Reducir el resultado a la insulina.
Marcador en sangre¿Qué tejidos lo producen y qué receptores responden?Confundir concentración con efecto total.

Un problema para pensar la coordinación metabólica

Ejemplo hipotético: un grupo analiza dos situaciones, una caminata continua y una serie corta de desplazamientos rápidos. No toma muestras ni realiza pruebas máximas. Su tarea consiste en elaborar un mapa que relacione músculo, hígado, tejido adiposo y sangre. Cada flecha debe indicar una función: utilizar, almacenar, movilizar, aportar o comunicar. Después se distingue qué explicación pertenece a la fisiología general y qué detalle no puede deducirse sin medir.

El mapa debería evitar dos extremos. El primero sería dibujar al músculo como consumidor pasivo que espera órdenes hormonales. El segundo, atribuirle autonomía absoluta y olvidar la circulación o el aporte hepático. La contracción modifica la demanda y activa señales locales, pero el desempeño sostenido exige integrar recursos de otros tejidos. Esa integración constituye el verdadero objeto del ejercicio de aprendizaje. [1, pp. 147, 153–167; 5].

Para revisar el trabajo, puede preguntarse por qué una disminución de insulina durante ciertos esfuerzos no impide captar glucosa, por qué el hígado y el músculo no cumplen la misma función con sus reservas y por qué no se pueden estimar concentraciones hormonales observando solamente sudor o cansancio. La calidad de la explicación depende de esas relaciones, no de memorizar una lista extensa de nombres. [1, pp. 153–159, 177–178; 2, p. 414].

Cuando se aborda ejercicio y diabetes, el mismo modelo necesita incorporar el tipo de diabetes, la medicación y el plan de atención individual. La información general explica mecanismos y ayuda a formular preguntas; no autoriza a reducir dosis ni a imponer una tarea idéntica a todos los estudiantes. El consenso del ACSM sobre diabetes tipo 2 muestra precisamente por qué beneficios y precauciones deben examinarse juntos. [5].

Bibliografía

  1. León Ariza, H. H. (2026). Fisiología del ejercicio: bases para la comprensión del rendimiento y el ejercicio físico para la salud. Universidad de La Sabana. https://doi.org/10.5294/978-958-12-0764-0 Consultar fuente
  2. McArdle, W. D., Katch, F. I., y Katch, V. L. (2015). Fisiología del ejercicio: nutrición, rendimiento y salud (8.ª ed.). Wolters Kluwer Health España. Consultar fuente
  3. Severinsen MCK, Pedersen BK. (2020). Muscle-Organ Crosstalk: The Emerging Roles of Myokines. Endocr Rev, 41(4), bnaa016. https://doi.org/10.1210/endrev/bnaa016 Consultar fuente
  4. Chow LS, Gerszten RE, Taylor JM, Pedersen BK, van Praag H, Trappe S, Febbraio MA, Galis ZS, Gao Y, Haus JM, Lanza IR, Lavie CJ, Lee CH, Lucia A, Moro C, Pandey A, Robbins JM, Stanford KI, Thackray AE, Villeda S, Watt MJ, Xia A, Zierath JR, Goodpaster BH, Snyder MP. (2022). Exerkines in health, resilience and disease. Nat Rev Endocrinol, 18(5), 273-289. https://doi.org/10.1038/s41574-022-00641-2 Consultar fuente
  5. Kanaley JA, Colberg SR, Corcoran MH, Malin SK, Rodriguez NR, Crespo CJ, Kirwan JP, Zierath JR. (2022). Exercise/Physical Activity in Individuals with Type 2 Diabetes: A Consensus Statement from the American College of Sports Medicine. Med Sci Sports Exerc, 54(2), 353-368. https://doi.org/10.1249/mss.0000000000002800 Consultar fuente