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Fisiología del ejercicio · Cuerpo, movimiento y adaptación

Músculo y tejido adiposo como órganos endocrinos: señales que conectan el ejercicio con otros tejidos

EDUFISICA · 8 min de lectura · Actualizado el 9 de octubre de 2026

El músculo esquelético produce movimiento, pero su relación con el organismo no termina cuando transmite fuerza a un tendón. También participa en la regulación de la glucosa y libera moléculas capaces de actuar dentro del propio músculo o comunicarse con otros tejidos. El tejido adiposo, por su parte, almacena energía y produce señales relacionadas con el estado nutricional y metabólico. Ambos son actores de una comunicación mucho más amplia que la oposición entre «músculo bueno» y «grasa mala». [1, pp. 170, 178–181; 3].

La investigación sobre estas señales ha enriquecido la fisiología del ejercicio, aunque también ha generado titulares que van por delante de la evidencia. Identificar una molécula en sangre, observar un efecto en células y demostrar un beneficio clínico en personas son pasos diferentes. Para comprender el alcance de las mioquinas, adipocinas y exerquinas hay que seguir ese recorrido sin saltarse sus límites. [3; 4; 5].

Tejido adiposo observado a 400 aumentos.
Tejido adiposo observado a 400 aumentos. Berkshire Community College Bioscience Image Library (2018). Se redujo el tamaño y se convirtió a WebP. Ver ficha del archivo · Uso de la imagen

Por qué el músculo puede considerarse un órgano secretor

El músculo reúne células contráctiles, vasos, nervios y otras poblaciones celulares. Su actividad produce señales mecánicas, eléctricas y químicas. El término mioquina se utiliza para determinadas citocinas y otros péptidos producidos, expresados y liberados por fibras musculares, con efectos autocrinos, paracrinos o endocrinos. No toda sustancia que aumenta después del ejercicio es una mioquina: hace falta establecer su origen y la forma en que participa en la comunicación. [3].

La acción autocrina influye en la propia célula productora; la paracrina alcanza células próximas; la endocrina utiliza la circulación para llegar a otros lugares. Esta distinción evita imaginar que todas las señales musculares recorren necesariamente el cuerpo entero. Una molécula puede tener funciones locales relevantes sin producir un gran aumento detectable en sangre, mientras un cambio circulante puede proceder de varios tejidos. [1, p. 170; 3; 4].

La interleucina 6, o IL-6, es un ejemplo importante de señal estudiada durante la contracción. Su significado depende del tejido productor, el patrón temporal y el contexto. Una elevación transitoria relacionada con ejercicio no debe equipararse automáticamente a una inflamación crónica. Tampoco es correcto asignarle efectos beneficiosos en cualquier cantidad o situación: la misma familia de señales participa en respuestas fisiológicas y patológicas diferentes. [3; 5].

De una contracción a una respuesta metabólica

Cuando una fibra se contrae, cambian su disponibilidad energética, sus concentraciones de calcio y las tensiones que soporta. Esas variaciones activan mecanismos de señalización intracelular. Algunas respuestas facilitan la utilización inmediata de recursos; otras influyen en la expresión de genes y en adaptaciones de mayor duración. La célula no necesita esperar exclusivamente una orden de una glándula distante para detectar que su demanda ha cambiado. [1, pp. 175–178; 2, pp. 434, 440–443].

La AMPK participa en la respuesta a cambios del estado energético celular. Otras vías responden al calcio, a señales mecánicas y a factores de crecimiento. El transporte de glucosa, la regulación de la síntesis proteica y la adaptación mitocondrial se conectan con estas redes. Describirlas como interruptores que se encienden de forma aislada simplifica demasiado: comparten componentes, interaccionan y dependen del tipo de estímulo. [1, pp. 175–178].

Esa organización ayuda a comprender por qué una contracción puede favorecer la captación de glucosa mediante mecanismos parcialmente distintos de los activados por insulina. Sin embargo, explicar una vía no demuestra que sea suficiente para obtener cualquier beneficio. En una persona intervienen circulación, nutrición, recuperación, otros tejidos y condiciones clínicas. El artículo sobre ejercicio y diabetes desarrolla la diferencia entre un mecanismo celular y su aplicación individual. [1, pp. 177–178; 2, p. 434].

El tejido adiposo hace más que guardar combustible

El tejido adiposo no está formado únicamente por gotas de grasa. Incluye adipocitos y poblaciones vasculares, inmunitarias y de soporte. Esa organización influye en su función secretora y en su relación con otros órganos. Las adipocinas son señales asociadas al tejido adiposo, entre las cuales se encuentran leptina y adiponectina. Su acción no se explica adecuadamente si se reduce la grasa corporal a un depósito sin actividad biológica. [1, pp. 178–181].

La leptina comunica información vinculada con las reservas energéticas y participa en la regulación del apetito y del metabolismo. Tener más leptina circulante no significa necesariamente una respuesta mayor en sus tejidos diana: la sensibilidad a la señal también importa. Por eso resulta erróneo convertir una hormona en una medida única de voluntad, apetito o salud. El problema corresponde a relaciones biológicas, no a juicios sobre el cuerpo de una persona. [1, p. 180; 2, pp. 410–414].

La adiponectina se relaciona con la regulación metabólica y con procesos de sensibilidad a la insulina. El tejido adiposo también participa en señales inflamatorias cuya interpretación depende del contexto. Sus depósitos no son equivalentes por localización, composición celular y relación con otros órganos. La fisiología permite comprender esas diferencias; no autoriza a deducir el perfil endocrino de un estudiante observando su tamaño corporal. [1, pp. 178–181; 5].

Blanco, pardo y beige: funciones distintas sin promesas mágicas

El tejido adiposo blanco se asocia principalmente con almacenamiento y movilización energética, además de funciones secretoras. El pardo posee características que favorecen la producción de calor mediante procesos de desacoplamiento. Las células denominadas beige pueden adquirir rasgos termogénicos en determinados contextos. Estas diferencias amplían el conocimiento sobre regulación energética, pero no describen tres tipos de cuerpo ni categorías con las que clasificar a las personas. [1, p. 179].

Parte de la investigación sobre ejercicio, señales musculares y termogénesis utiliza modelos animales. La llamada conversión hacia características pardas puede observarse bajo condiciones experimentales específicas, sin que eso pruebe una transformación equivalente y clínicamente relevante en cualquier ser humano. Las revisiones de exerquinas destacan la importancia de comprobar origen de señales, respuesta tisular y magnitud real del efecto. [3; 4; 5].

En consecuencia, no existe fundamento para anunciar que una sesión escolar «convierte la grasa en músculo» o que una sustancia garantiza adelgazar por activar tejido pardo. Músculo y adiposo son tejidos diferentes, y sus adaptaciones no equivalen a una sustitución directa. Puede haber cambios en composición corporal y metabolismo, pero describirlos exige atender al periodo de observación, la exposición y el conjunto de condiciones de vida. [1, pp. 178–181; 4].

Qué añade el concepto de exerquina

Exerquina es un concepto más amplio para señales liberadas o modificadas en respuesta al ejercicio y capaces de ejercer acciones autocrinas, paracrinas o endocrinas. Puede incluir proteínas, metabolitos y otras moléculas procedentes de diversos órganos. Por tanto, no es un sinónimo de mioquina ni significa «hormona del deporte». Su utilidad consiste en estudiar redes de comunicación que exceden una glándula o un tejido. [4].

La comunicación es bidireccional. El músculo responde a señales provenientes del tejido adiposo, el hígado y otros órganos, mientras también influye en ellos. La circulación transporta parte de los mensajes, y la duración o intensidad del esfuerzo cambia el contexto en que actúan. Esta mirada se relaciona con la coordinación hormonal del metabolismo, aunque incorpora factores que no encajan en la imagen clásica de hormona secretada por una glándula especializada. [4; 5].

La palabra engloba fenómenos heterogéneos y necesita precisión. Si una molécula aparece asociada al ejercicio, todavía hay que preguntar de dónde procede, si su cambio es transitorio y si participa causalmente en la adaptación observada. No basta con hallar correlación entre dos medidas. Las revisiones proponen combinar experimentos, datos humanos y enfoques de sistemas para separar candidatos prometedores de mecanismos suficientemente demostrados. [4; 5].

TérminoQué delimitaQué no demuestra por sí solo
MioquinaOrigen muscular de determinados péptidos o citocinas.Que toda su acción sea endocrina o esté probada clínicamente.
AdipocinaComunicación asociada al tejido adiposo.Que su concentración describa toda la salud metabólica.
ExerquinaSeñal vinculada a la respuesta al ejercicio, de distintos orígenes.Que sea específica de una modalidad o que pueda usarse como tratamiento.
Señal intracelularProcesos que transmiten información dentro de la célula.Que una sola vía explique toda la adaptación.

Qué se sabe y qué sigue en investigación

Severinsen y Pedersen describen numerosas mioquinas, pero advierten que solo una parte de sus funciones cuenta con demostración directa en humanos. Esta observación importa: un catálogo extenso de moléculas no equivale a una lista igual de extensa de tratamientos o beneficios garantizados. Un hallazgo puede ser sólido dentro de un experimento y seguir necesitando comprobaciones para explicar la respuesta de personas que viven en contextos diferentes. [3].

La exposición al ejercicio tampoco es una categoría única. Una sesión breve, un programa continuado y una comparación entre personas entrenadas y no entrenadas plantean preguntas distintas. El momento de la toma de muestras, la alimentación y el tipo de esfuerzo modifican qué señales se detectan. Comparar resultados sin esas condiciones puede producir una aparente contradicción que en realidad corresponde a diseños diferentes. [4].

La investigación de biomarcadores y posibles intervenciones terapéuticas sigue avanzando. Eso no justifica usar una determinación aislada de IL-6, leptina u otra señal para asignar una nota, decidir una carga escolar o diagnosticar falta de recuperación. La evidencia sobre comunicación tisular ayuda a explicar el ejercicio como fenómeno integrado; su traducción a decisiones clínicas o educativas requiere validación específica para la población y la tarea. [3; 4; 5].

Construir una explicación sin convertirla en un anuncio

Ejemplo hipotético: se comparan tres titulares ficticios sobre una misma investigación, «el músculo libera una señal», «esa señal se asocia a cambios metabólicos» y «esa señal cura una enfermedad». El grupo debe identificar qué observaciones necesitaría cada afirmación. Después clasifica si el resultado procede de células, animales o personas, y si mide asociación, mecanismo o desenlace clínico. No es una prueba biomédica ni implica tomar muestras.

El trabajo puede ampliarse mediante un esquema propio con cuatro nodos: músculo, tejido adiposo, hígado y sangre. Las conexiones deben indicar el sentido de comunicación y una función, sin representar una molécula como autora de todos los efectos. Para relacionarlo con el esfuerzo, se explica cómo una señal local de demanda energética difiere de una señal que comunica disponibilidad de reservas. Así se comprende por qué el cuerpo necesita mecanismos complementarios. [1, pp. 175–181; 4].

Un criterio de revisión útil consiste en localizar dónde cambia el grado de certeza. Decir que un tejido puede liberar señales tiene un alcance diferente de afirmar que una molécula mejora un resultado concreto en toda persona. La exposición debería conservar esas diferencias y enlazar el mecanismo con el contexto. El apetito y balance energético y la adaptación cardiovascular permiten continuar esa lectura integrada. [4; 5].

Bibliografía

  1. León Ariza, H. H. (2026). Fisiología del ejercicio: bases para la comprensión del rendimiento y el ejercicio físico para la salud. Universidad de La Sabana. https://doi.org/10.5294/978-958-12-0764-0 Consultar fuente
  2. McArdle, W. D., Katch, F. I., y Katch, V. L. (2015). Fisiología del ejercicio: nutrición, rendimiento y salud (8.ª ed.). Wolters Kluwer Health España. Consultar fuente
  3. Severinsen MCK, Pedersen BK. (2020). Muscle-Organ Crosstalk: The Emerging Roles of Myokines. Endocr Rev, 41(4), bnaa016. https://doi.org/10.1210/endrev/bnaa016 Consultar fuente
  4. Chow LS, Gerszten RE, Taylor JM, Pedersen BK, van Praag H, Trappe S, Febbraio MA, Galis ZS, Gao Y, Haus JM, Lanza IR, Lavie CJ, Lee CH, Lucia A, Moro C, Pandey A, Robbins JM, Stanford KI, Thackray AE, Villeda S, Watt MJ, Xia A, Zierath JR, Goodpaster BH, Snyder MP. (2022). Exerkines in health, resilience and disease. Nat Rev Endocrinol, 18(5), 273-289. https://doi.org/10.1038/s41574-022-00641-2 Consultar fuente
  5. Jin L, Diaz-Canestro C, Wang Y, Tse MA, Xu A. (2024). Exerkines and cardiometabolic benefits of exercise: from bench to clinic. EMBO Mol Med, 16(3), 432-444. https://doi.org/10.1038/s44321-024-00027-z Consultar fuente