
EDUFISICAUn objeto pequeño, una pregunta histórica difícil
Un fragmento de hueso marcado puede parecer una pieza de juego; esa impresión, sin embargo, no basta para identificar su función. También podría pertenecer a otro instrumento o a un objeto decorativo. La historia de los juegos antiguos requiere explicar por qué una interpretación resulta plausible y qué elementos podrían refutarla. Esa dificultad constituye el punto de partida del estudio publicado por Robert J. Madden en 2026 sobre dados indígenas norteamericanos. (Madden, 2026, pp. 584–592)
La investigación propone reconocer objetos que habrían servido para producir resultados de azar y rastrearlos en el registro arqueológico. Su conclusión sitúa posibles juegos de dados en contextos Folsom del final del Pleistoceno, en las Grandes Llanuras occidentales de Norteamérica, hace aproximadamente doce mil años. Es una interpretación arqueológica apoyada en criterios comparativos, no un relato conservado de una partida de esa antigüedad. (Madden, 2026, pp. 584–592)
El interés del caso rebasa la cronología de un entretenimiento. Permite examinar relaciones entre movimiento, objetos, reglas y conocimiento práctico. Al mismo tiempo, exige evitar dos simplificaciones: presentar todo objeto semejante como dado y atribuir a sus fabricantes una teoría matemática que los materiales no documentan.
Dados de dos caras: otra manera de producir azar
La palabra dado suele evocar un cubo con números, pero los objetos analizados pertenecen a otra familia. Madden estudia piezas de dos caras, diferenciadas por marcas, color o forma. En los ejemplos históricos reunidos por Stewart Culin, los participantes podían lanzar varias piezas sobre una superficie o agitarlas en un recipiente; luego asignaban puntuaciones según las caras visibles. El artículo distingue esta configuración de los dados cúbicos de varias caras. (Madden, 2026, pp. 584–592)
Madden vuelve sobre el repertorio de Culin, publicado en 1907, que contiene 293 conjuntos diferentes. A partir de ese material, identifica características compartidas y establece un procedimiento comparativo. La consulta del repertorio aquí se realiza mediante la investigación de Madden: sus descripciones no deben confundirse con una observación propia de las colecciones históricas.
Dos caras permiten distinguir dos resultados, pero no obligan a que cada cara aparezca exactamente la mitad de las veces. La forma, el peso y la manera de lanzar pueden modificar las frecuencias. Por tanto, reconocer un objeto como mecanismo de azar no demuestra que todos sus resultados sean equiprobables. La noción de azar debe separarse de la afirmación matemática de igualdad de probabilidades.
Este matiz resulta útil al relacionar la historia con los conceptos de juego y regla. Una práctica puede organizar resultados inciertos mediante acuerdos compartidos; sus reglas también establecen cómo contar, cuándo termina una partida y qué consecuencias tiene el resultado. Ninguna de esas decisiones se deduce íntegramente de la forma de una pieza.
Cómo se construye una identificación arqueológica
El procedimiento de Madden reúne cuatro criterios: objetos de dos caras, sin perforación y realizados en madera o hueso; caras distinguibles mediante marcas o color; determinadas formas de sección; y tamaño compatible con sostener y lanzar varias piezas. La combinación pretende reducir identificaciones basadas únicamente en una semejanza general. La sección puede ser plana, plano-convexa o cóncavo-convexa; el estudio considera también un caso particular de piezas convexas por ambos lados. (Madden, 2026, pp. 584–592)
El autor excluye objetos perforados para disminuir la confusión con cuentas o adornos. También deja fuera piezas cuyas caras solo se distinguen por la forma, aunque existan ejemplos históricos de ese tipo. Reconoce el costo de esa decisión: un filtro más estricto puede descartar dados auténticos. La ausencia de identificación no equivale entonces a una demostración de que el juego no existió. (Madden, 2026, pp. 584–592)
Aquí aparece una cuestión central de la epistemología histórica. Un criterio de clasificación organiza lo que podemos reconocer; no es una ventana que muestre el pasado sin mediación. Elegir requisitos más conservadores reduce ciertos errores y aumenta otros. Exponer esas decisiones permite evaluar una investigación con mayor precisión que aceptar o rechazar su conclusión por intuición.
Madden distingue, además, piezas diagnósticas de piezas probables. Algunas presentan rasgos incompletos, información insuficiente sobre una de sus caras o una sección difícil de determinar. Mantener esas categorías separadas conserva la diferencia entre evidencia más consistente y evidencia sugerente. Reunirlas en una única lista de hallazgos seguros empobrecería la explicación.
Agate Basin, Lindenmeier y Blackwater Draw
El núcleo más antiguo del argumento se concentra en tres sitios: Agate Basin, en Wyoming; Lindenmeier, en Colorado; y Blackwater Draw, en Nuevo México. El artículo relaciona los objetos con depósitos Folsom y compara sus formas y marcas con los conjuntos históricos. Estos nombres sitúan la discusión en localidades arqueológicas concretas, en lugar de extenderla indiscriminadamente a todos los pueblos del continente. (Madden, 2026, pp. 604–609)
Las piezas incluyen discos, fragmentos rectangulares y secciones de hueso trabajadas. Madden describe incisiones y, en algunos casos, rastros de coloración. No todos los objetos cumplen los requisitos con la misma claridad. Un disco de esteatita, por ejemplo, se incorpora como probable por su semejanza con otros del contexto, aunque su material no corresponda a la definición de madera o hueso propuesta inicialmente. (Madden, 2026, pp. 604–609)
Esa excepción merece hacerse visible: muestra que la aplicación de un criterio todavía requiere juicio e interpretación. No invalida por sí sola el conjunto del estudio, pero impide presentar la clasificación como una operación puramente automática. El lector debe poder distinguir la definición general de las decisiones particulares adoptadas frente a un objeto.
La cronología también necesita precisión. El estudio explica que ciertas edades se apoyan en la datación de los depósitos; otras corresponden a rangos aceptados para complejos culturales como Folsom. No significa que cada pieza haya sido datada directamente. Asimismo, el autor señala que algunos objetos antiguos no estuvieron disponibles para su revisión. Estos límites forman parte de la evidencia, aunque un titular breve pueda omitirlos. (Madden, 2026, pp. 610–613)
La analogía no recupera todas las reglas
Identificar una función antigua por comparación con un objeto histórico constituye una analogía etnográfica. Madden examina su utilidad y los riesgos de proyectar una cultura reciente sobre otra muy distante. Su argumento combina similitudes formales con una distribución prolongada de objetos relacionados, pero no proporciona nombres de jugadores, reglas completas ni relatos de todas las partidas antiguas. (Madden, 2026, pp. 584–592)
En consecuencia, una pieza compatible con producir resultados aleatorios no identifica por sí sola la apuesta, el propósito ritual o la ocasión social de su uso. La existencia de prácticas históricas donde intervienen esos componentes ofrece posibilidades interpretativas; no permite trasladarlas sin prueba a un sitio pleistoceno. Esta separación es particularmente importante cuando se estudian tradiciones indígenas.
La comparación con el lacrosse de comunidades indígenas ayuda a entender otra dimensión del problema. Una categoría general puede reunir prácticas con lenguas, instituciones y significados diferentes. Reconocer una familia de objetos no convierte a sus usuarios en una sola cultura ni demuestra una continuidad de identidad sin transformaciones.
Conocimiento práctico y probabilidad
Madden interpreta la fabricación y utilización de dados como indicio de una relación práctica con la incertidumbre. Lanzar piezas, observar resultados y organizar puntuaciones crea una situación donde pueden reconocerse regularidades. El autor diferencia esa conducta observable de la pregunta sobre cómo los participantes conceptualizaban el azar: para los grupos más antiguos, admite que esa dimensión permanece opaca. (Madden, 2026, pp. 604–609)
Por ello, el artículo no permite afirmar que los fabricantes pleistocenos formularan el cálculo de probabilidades moderno. Su propuesta es más específica: ciertas prácticas habrían generado experiencias ordenadas de resultados inciertos. El paso desde esa experiencia hasta una formulación conceptual precisa no se conserva en los objetos y requiere otra clase de evidencia.
Esta distinción amplía una historia del conocimiento que a veces reserva la capacidad de observación y razonamiento a sociedades con textos conservados. Un objeto trabajado puede revelar decisiones técnicas y posibilidades de uso sin darnos acceso completo al pensamiento de quien lo produjo. Reconocer ambos aspectos permite estudiar conocimientos indígenas sin idealizarlos ni reducirlos a destrezas carentes de reflexión.
Encuentros entre grupos: una hipótesis social
En la discusión final, Madden reúne estudios anteriores para proponer que el juego pudo facilitar encuentros e intercambios entre grupos. Las reglas compartidas permitirían interactuar sin depender exclusivamente de vínculos previos de parentesco. En contextos Folsom, la presencia de varias piezas se ofrece como una posible pista de agregación comunitaria, es decir, reuniones de grupos normalmente dispersos. (Madden, 2026, pp. 610–613)
El propio razonamiento depende de una condición: que la relación entre juego y encuentro documentada en contextos posteriores resulte pertinente para el periodo antiguo. Por eso debe presentarse como hipótesis, no como una reunión demostrada en todos sus detalles. Tampoco una concentración de objetos resuelve automáticamente si un sitio se ocupó a la vez o acumula visitas separadas.
Para la historia de la educación física, este caso aporta un aprendizaje metodológico y un campo de preguntas. La dimensión social del juego puede estudiarse antes de las instituciones deportivas modernas, pero requiere pruebas situadas. Cuerpo, azar y regla se relacionan aquí mediante objetos y acciones; sus significados históricos deben explicarse con el grado de certeza que la evidencia permite.
Bibliografía
- Madden, R. J. (2026). Probability in the Pleistocene: Origins and Antiquity of Native American Dice, Games of Chance, and Gambling. American Antiquity, 91, 584–618. Artículo de investigación. Las referencias a Culin y a otros estudios históricos se examinan mediante este artículo.